Llevaba mucho tiempo queriendo escribir un post como éste...No es una gran azaña, ni una carrera larga, ni una prueba durísima: es la primera carrera en la que participo con mis dos hijos. :)
He empezado a escribir el post el viernes cuando, en realidad, el acontecimiento al que me refiero acontecerá (y valga a “rebuznancia”) mañana sábado, D.M. Y me comprometo a no borrar nada de lo que escriba hoy cuando mañana o el domingo afronte el reto de acabar este post. Sin censuras, como debe ser…
¡Basta ya de rollos! Mi propósito es instruiros sobre lo duro que es ser hijo. Sí, sí…siempre se ha dicho que ser padre es muy duro que, tan pronto viene tu hij@ al mundo es un empezar a sufrir (no come, come mucho, no caga, caga mucho, caga en colorines, no anda, no para de andar, etc.) y, los que tenemos hij@s lo sabemos muy bien (yo tengo dos) pero, ¿alguien se ha parado a pensar en cómo ven esos locos bajitos las cosas? Yo creo que no, que la empatía la perdemos tan pronto el enano o la enana sale del vientre materno. Y, claro, yo no iba a ser una excepción…
Mi obsesión para con mis hijos es poner en práctica el lema (creo que) griego de Mens sana, in corpore sano. Quizá sea porque en el cole era el típico empollón patoso del que todo el mundo se reía y siempre me “puse a Dios por testigo de que no volvería a pasar hambre”. Quizá por eso tengo la colección completa de Little Einstein, Baby Einstein e incluso un póster de Einstein; quizá por eso tenga toda la colección de juegos interactivos de Los Lunnis; quizá por eso, les pongo los documentales de La 2 o la radio de sonido de fondo mientras juegan y antes, cuando no pedían ya su propia música, disfrutaba en los viajes con la música clásica, el jazz y soul. Pero eso es soportable…y quizá por eso con lo que realmente me pongo pesado es con el deporte. Para mí la actividad deportiva es un valor, más que un hábito saludable y yo necesito hacer deporte casi como respirar. Cuando uno se imagina cómo es la vida con hijos suele verse rodeados de clones suyos que piensan como él, tienen los mismos gustos que él…Yo siempre he soñado en salir a correr, en bici, a patinar, a jugar al tenis, al pádel, al squash, …con mi prole. En mi casa pelotas no faltan (y no me refiero, sólo, a las mías)…raquetas tengo más que en Decathlon…y zapatillas…más que zapatos la Sexo en Nueva York. El día que nació Natalia (mi hija mayor) lo primero que hice fue comprarle una canasta que se adaptaba a su cuna y, cuando llegamos a casa y ni mi mujer ni mi suegra me veían, le ponía las 100 mejores jugadas de la historia de la NBA. Pero no había manera, hasta que este verano me pidió un balón de baloncesto grande. Ella sola…sin que yo le dijera nada. Y, claro, me faltó tiempo. Sí que estamos en crisis, sí…pero para los tiempos de crisis, ya se sabe, hay que tener pelotas. J
Mañana es la Volta a Peu a Tavernes Blanques. Es una carrera que espero desde hace tiempo con expectación…y no es porque sea una carrera dura, porque sea famosa a nivel internacional o porque regalen camisetas gratis…eso lo hacen en todas…Es porque esa carrera la corro con mi hija. Es verano, no hace frío (como las que organizan en invierno), es por la tarde y los chiquitines reciben medalla y camiseta solamente por participar. A mí me hace una ilusión tremenda. Un año (hace dos), por casualidad, descubrí que en Tavernes había una carrera para los pequeños y allí que la llevé. Todavía lo recuerdo. Tenía solo 3 añitos pero, cogida de mi mano (bueno, en realidad, la lleva a rastras), mientras gritaba por el esfuerzo (¡papá! ¡papá!), cruzamos la meta los dos. Y cuando le pusieron la medalla…no sé a quién se iluminó más la cara, si a ella o a mí. Yo ya la veía subida al pódium olímpico después de haber batido el récord de los 100 m lisos…Se pasó tres días sin parar de hablar de su medalla, se la enseñaba a todo el mundo que venía a casa y no se la quitaba ni para dormir. ¡Claro! ¡Le encanta el deporte! – pensé - ¡Eso es una señal inequívoca! …¡Ay, que equivocado estaba!
El caso es que esta mañana, mientras la lleva a clase se lo he recordado y aquí reproduzco el diálogo lo más fielmente posible:
P: Natalia, mañana tenemos una carrera.
N: No quiero correr. No me gusta.
P: ¡Si te dan una medalla! ¿Te acuerdas de la medalla que tienes?
N: Sí. No quiero correr. No me gusta.
P: ¡Pero si vamos con Pablo R.! Además, seguro que le ganas. Y luego nos vamos al Burger.
N: ¿Al Burger? Vale. Pero no quiero correr. No me gusta.
P: Papá se pondrá muy contento sí correr. Además, Héctor también va a correr (es mi hijo de un año). Va a ser su primera carrera y, tú que eres la hermana mayor, tienes que correr con él. Necesito que me ayudes para que no se caiga. ¿Vale?
N: Bueno. Si corre Héctor…Pero no me gusta correr…¡es que se suda! (otro paréntesis---hay que ver cómo sois las mujeres…desde pequeñas…pero eso será otro post)
Finalmente, parece que la he convencido, ¿eh? Mañana lo veremos. La verdad es que me hace mucha ilusión entrar con mis dos hijos en meta.
Hoy, domingo, prosigo con mi relato sin censura y lo más fiel a la realidad posible. Una vez conseguimos salir de casa (los que tengáis hijos me entenderéis), llegamos al aparcamiento y nos dirigimos hacia la entrega de dorsales. Los recogimos, nos tomamos una horchata y, ¡por fin!, nos dirigimos hacia la línea de salida. Quedaban 10’ para el gran evento.
P: Venga, Natalia. Vamos a calentar. Ya sabes lo importante que es estirar antes de competir.
N: Sí, sí…que eso me gusta.
Y, así, nos pusimos los dos a hacer estiramientos y a trotar. Yo, con Héctor en brazos, hacía lo que podía. Héctor, con una rosquilleta en la mano que cogió en la horchatería y que no había forma de soltara, me sonreía por detrás del dorsal (mi hijo es grande pero el dorsal está pensado para más mayores), ajeno a lo que al gran momento que iba a acaecer de un instante a otro. ¡Por fin! Llaman a las niñas a la cámara de llamadas. Natalia, como un rayo, llega a la línea de salida. “Je, je” – pensé yo – “tiene la adrenalina por las nubes. Como su padre” y se dibujó una orgullosa sonrisa en mi cara. “No te preocupes cariño” – le dije – “lo importante es participar. Papá está muy orgulloso de ti porque vas a correr. Tú corre sin mirar atrás, corre todo lo que puedas y nos vemos en el arco amarillo de la meta”. Me apuntó con esa mirada que sólo ella sabe poner y me dijo: “No te preocupes, papá. Acabaré y ganaré la medalla. Te quiero.”. ¡Acabáramos! La calle se hizo demasiado estrecha para lo ancho que me sentí en ese momento.
“Preeeeparadooooos, liiiiiiistooooooos….YA” y una jauría de niños desbocados salió en estampida hacia la meta…y allí estaba Natalia, corriendo sin mirar atrás, como yo le había dicho, sonriendo. Y puede ser que no fuera la más rápida, ni la que tenía mejor estilo al correr pero, para mí, fue la mejor. De eso no me cabe la menor duda. La recogimos en meta y…era el turno de Héctor.
Su carrera no estuvo mal. No quiso andar, con lo que tuve que cogerlo al brazo. Lo bajé cuando quedaban 5 metros para meta, al menos que entrara por sus propios medios. Como cuando la moto no arranca, a ligeros empujones logré que se pusiera en marcha y sí, crucé la meta con Héctor, que sólo soltó la rosquilleta para meterse en la boca la medalla que le colgaron
jueves, 18 de junio de 2009
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