lunes 7 de junio de 2010

I Triatlón de la Sierra del Segura 2010

Os cuento primero la versión corta. El triatlón lo puedo resumir en tres palabras: LA PUTA MADRE!!!! Esto sí que es un triatlón y no lo de Elche. Lo de Elche es una risa, un paseo por las nubes pero sin Aitana Sánchez Gijón. Y no lo digo solamente yo, lo dice gente de Elche que fue.

Y ahora minuto a minuto…

Sonó el despertador a las 4.30. El desayuno era a las 5.00 y el autobús hasta el pantano del Talave salía a las 6.00. Nos esperaban 20 km de camino de cabras (que luego pasamos en la bici de carretera) hasta llegar allí. Montados en el autobús con el “traje de guerra” en la mano, nos dispusimos a afrontar este nuevo reto. Allí estaba él, esperándonos desafiador, mirándonos de soslayo como faltándonos al respecto. Pero, en el campo de batalla lo que importa es el honor, el sacrificio que uno está dispuesto a hacer por superarse cada día más, la astucia y la estrategia que, como en una partida de ajedrez solo comparable a la descrita el El Ocho, definen el éxito o el fracaso de la contienda. Por todas partes se respiraban victoria, tensión y dolor. No lo sabíamos con certeza, pero estábamos casi seguros de que, el agua cristalina en donde ahora se reflejaban los débiles rayos del sol naciente, se teñiría pronto de sangre, sudor y lágrimas.

No os contaré cómo me apareció una raja en el traje de triatlón porque podría parecer chulesco pero, cuando lo veáis, los comprenderéis. Es lo que pasa cuando se te engancha el traje entre las montañas de la entrepierna. Con el disgusto y la mala leche que me entró (además del agua en cada patada), me dirigí a las aguas en donde siglos atrás se bañaran las vírgenes moras y en las que, veinte minutos más tarde, unos aguerridos triatletas iban a medirse contras las fuerzas de la naturaleza. Resultaba extraño no tener medusas de las que esconderse aunque algún lugareño nos advirtió de que tuviéramos cuidado “con las culebricas”. Si había, nos la ví. 

Finalmente, dieron la salida y fuimos a hacia la bolla. A 500 metros de ella, no se veía. Además, de color amarrillo con el fondo marrón verdoso claro de las laderas de las montañas, las gafas empañadas y el vaivén de la respiración, por no hablar de las patadas y empujones del principio, hacían muy difícil coger una referencia que no fuera el quinto pino (sí, una de las cosas que aprendí es dónde está). Por fin apareció un puntito en el horizonte de color amarillo tímido al que se dirigían un chapoteo. Levanté la cabeza, ¡anda, solo cuento cuatro gorros!. Azuzado por el subión, decidí a apretar el ritmo y me uní al grupo de cabeza. Casi los pillo al dar la vuelta a la boya. ¡Ahora a por la siguiente! Otros 500 metros más, esta vez con el sol de frente, sin referencia ninguna (el quinto pinto ya lo había dejado atrás) y ya no se veía el chapoteo. O se los había comido el primo de Nessi o los había adelantado. Ninguna de las dos cosas era muy probable, así que decidí continuar a un buen ritmo pero yo solo. Ya sé por qué no vi la bolla: ¡la había sacado de los dibujos de Los Diminutos!. Le dí la vuelta fácilmente y busqué la boya que había en la salida para completar la primera vuelta al circuito de 1500 m. Vi lo que parecía un cúmulo de gente (no había arca de salida) y la bolla la había construido David El Gnomo, me dirigí hacia allí, raudo y veloz. De repente, cuando me parecía que ya estaba, me apareció Pocahontas, montada en una canoa y armada con un remo. Me sonrió mostrándome las deslumbrantes perlas de su boca con la melena al viento y me dijo…”¡Chacho, si sigue en esa dirección te vas a ir embalse pa’bajo¡” Levanté la cabeza y tenía la boya donde fue Perico Sarmiento cuando se lo llevó el viento. Me di la vuelta y salí cangando leches hacia el objetivo. ¡Mierda, ya se me han colao delante! ¡Joder, con lo bien que iba!...En fin, llegué a la boya, le dí la vuelta y volví a apretar. Conseguí recuperar algo respecto al grupo de cabeza, pero ya estaba cansado. Me pesaban los brazos y la moral. Aun así, no cejé en mi empeño de hacer un buen segmento de natación, ¡para algo que no se me da muy mal! Bueno….ya solo quedaban otros 1500 m. Respiraba cada 5-3-2, intentando no desviarme. Pasé la primera boya, pasé la segunda y, con los ojos llenos de lágrimas ví que, sin quererlo, me aproximaba otra vez a Pocahontas. Paré en seco, maldije mi sentido de la orientación y volví a corregir el rumbo. Pero ya era tarde, mi objetivo de salir pronto del agua era inalcanzable. Decidí bajar un poco el ritmo para no morir antes de subir en bici. Salí sin pena ni gloria, entre desanimado y con mucha mala leche por el roto del neopreno y la desorientación, pero bueno….no era tan mal tiempo después de todo: 48’ y pico en 3000 m oficiales (más lo que hiciera de regalo en dirección a Pocahontas). Reventao y clavándome las piedras en los pies, recorrí los 120 m me separaban de mi corcel negro. Me senté en el suelo y me quité en el neopreno con tranquilidad (4’ de transición). Me subí a mi Babieca y, como ya hiciera El Cid, me dirigí a reconquistar el territorio de infieles.
Me había dicho que el recorrido era duro y largo (lo que recuerda dónde se me enganchó el neopreno). Podéis ver el perfil aquí: http://www.trihellin.com/images/stories/datosinteres/pdftriatlon/pdf.png. Parece duro pero lo es mucho más. Tramos de 20 km de subida con pedazos (aquello no eran tramos, eran pedazos), de 4 o 5 km y pendientes del 10 %. Sufrí lo indecible. Ya sabéis lo “muchopoco” que salgo en bici y que mi corcel negro ya está mayor. Si hubiera tenido un desarrollo más…Subía y bajaba por las escarpadas cumbres cinceladas por la sabia mano del Creador. Serpientes de asfalto que seseaban siseando abrazando las laderas de la montaña, envolviéndonos a los triatletas en abrazo que para algunos compañeros resultó fatal. Por fin, llegué a Liétor, pueblo construido al borde de un precipicio. Paisaje precioso, por cierto. Allí había un avituallamiento. Paré llené los botellines de agua, me tomé todavía no sé cuántos geles y me comí dos platános. Estaba exhausto y todavía me quedaban 60 km. Hablé con un voluntario, me dio suerte y ánimo y me puse en marcha a seguir sufriendo. Los kilómetros estaban pintados en el suelo con el color rojo, creo yo, de la sangre de quien los pintó. Cuenta la leyenda que nunca más se supo del voluntario que lo hizo. Muerto de calor, de sed y con las piernas agarrotadas, llegué al km 90. ¿Y dónde cojones está Hellín? – pregunté con un hilo de voz al oficial de la Benemérita que había en la Rotonda…¡Te faltan 4 km y un repecho, campeón! Yo sólo quería llorar. Pedaleé como puede y entre en la transición. Estaba roto, agarrotado, con la moral destrozada por el cansancio, pero nací guerrero y guerrero con honores moriré. Descabalgué de mi montura y me puse las zapatillas.
Bajo un sol abrasador, empecé con la primera de cuatro vueltas a un circuito de 5 km, lleno de cuestas largas no muy pronunciadas que parecían no tener fin. Las piernas no me respondían, no podía correr. Jamás me había visto así. Una piltrafilla humana. Empeza a pensar que no lo iba a conseguir pero, el no poder mirar a mis hijos a la cara, me hizo resucitar de mis cenizas y, paso a paso, llegué a meta. Deshidratado, vacío. Ni geles, ni sandía, ni agua, ni isotónica ni leches.
Eso sí, después de acabar, me fui a la piscina del pabellón y me hice 4 largos a mariposa. :D

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