jueves, 30 de abril de 2009

De lo que me acontesció un sábado por la mañana…

Hola a tod@s,

Así empezaban los títulos de los cuentos de El Conde Nicanor que, en épocas de juglares, escribía el infante Don Juan Manual, y así he querido empezar yo porque lo del sábado, para mí, fue totalmente épico. Y es que decidí haceros caso a aquellos que decís que a ver si hago algo además de trabajar, escribir y enseñar fotos de mis hijos, y me dejé embaucar en esta aventura y salir a estirar las piernas y dar un paseo en bici. 

Allá mi crónica…

El día comenzó temprano para mí: a las 5 a.m. La carrera era tarde pero Héctor sabía lo ilusionado que estaba y pensó que era mejor despertarme para que se me hiciera tarde. Después de un pequeño biberón, el triatleta en potencia se quedó durmiendo en menos que canta un gallo, pero yo ya no pude. Estaba nervioso. Me tomé el pulso: 80 ppm. Uffffff…tumbado en la cama, en la oscuridad de la habitación, notaba como las sienes me latían y cómo la adrenalina empezaba a navegar por mi sangre. Una gran batalla estaba cerca y mis músculos los sabían.
A las 7 a.m. ya no podía más. Me levanté y me metí un desayuno que dejó el frigorífico pelao. Con la panza llena, me dirigí al sofá a contar los minutos hasta la hora de partir al campo de batalla. Mientras esperaba, intenté disfrutar de la lectura del libro que devoro en estos días. Llegué a un pasaje que hablaba de una batalla. ¡Lo sabía! Era una señal divina, me sentí un jihadista deportivo y supe que esto tenía que acabar bien…y así fue.
Finalmente, repase el equipaje: el casco de la bici, la bomba, las barritas, bebidas isotónicas, etc. Estaba todo apunto. ¡A por ellos! Había quedado con Marce y con Manel a las 9.20 para llegar a Sueca sobre las 10.00, a la apertura de boxes. No podía tener mejores padrinos para estrenarme en los duatlones: dos legionarios del deporte; el uno para verlo a lo lejos y, el otro, para alentarnos desde la barrera, como a los toreros.
Dejamos los coches, montamos las bicis, recogimos los dorsales y nos dirigimos al calor de la furgoneta de Manel a vestirnos para la batalla...Tengo que confesaros en hubo un instante, aunque infinitesimal no os vayáis a pensar, en que creía que esta vez me había pasado. ¡Y es que vaya bicicletas que se veía por allí!. ¿Dónde iba yo, con mi bici de prestao de 24 años y que cualquier día participará en la carrera esa que organiza Luis del Olmo todos los años? Pasado el mal trago, y consciente de la señal divina que el Señor me había enviado, miré al cielo y exclamé para mis adentros: “Eloí, Eloí, lemá sabactaní”. A todos nos llega la hora y ésa era la mía. Mientras yo estaba absorto valorando el potencial de mis contrincantes, a Marce, se le ocurrió revisar mi bici. ¡Nunca podré agradecerle tamaña acción!. “La zapata esta roza la rueda”. ¡Toma ya! Zapata era un jugador del CAI Zaragoza –pensé. No, no me dar vergüenza reconocerlo, no sé (o no sabía) lo que era una zapata, tengo una “navaja mágica” de llaves pero no las sé gastar y el día que pinche tendré que abandonar la carrera porque no sé cambiar una rueda. ¡Qué le vamos a hacer!. Marce, muchas gracias por hacerme ver lo importante que es saber algo de mecánica de bicis. Es algo que comprendí después. ¿Alguien me puede enviar un tutorial?
En fin...seguro de tener mi corcel azabache listo para la batalla, me encaminé a boxes a dejarlo pastando hasta que llegar la hora de ponerlo a trotar y con Manel fuimo hacia la salida y a la calentar un rato. El juez general nos contó lo mal que estaba el camino, que no habían cortado el tráfico y tuviéramos cuidado con los tractores, bla, bla. ¡Ya les vale! Por 70 € de la inscripción se lo podrían haber currado un poco más. De todas formas, las dificultades y el peligro no iban a ser lo peor…
Pistoletazo de salida y empezamos a correr. Fue impresionante. Los que me conocéis sabéis que me gusta ponerme siempre al principio. Así, si sacan una foto, siempre salgo. :) Bueno, pues esta vez no fue una excepción pero en apenas 50 m ya estaba en la posición que me correspondía: de los últimos. Y no va de coña: no hay nada más que ver la clasificación de la carrera (no os la diré, el quiera verlo que lo mire y se moleste en googlear). Ya os había dicho que el nivel era muy pero que muy alto. De la salida también quiero agradecer a mis compis triatletas que estuvieran allí. Me hizo mucha ilusión y ánimos.
El primer segmento, 10 km en dos vueltas al un pésimo circuito, lo completé en alrededor de 45 minutos (triatletas no vale reírse); para mí una buena marca y así que, contento, me subí al lomo de corcel azabache y, animoso y esperanzado, salí a recorrer los 80 km en bici que tenía por delante. Seguro de mi mismo, y azuzado por vengar el abandono de mi compañero de aventura por lesión, me juré que acabaría y le dedicaría la victoria a esos “ojos veeeeeeerdes, de mirada sereeeenaaaa” que me animaban por debajo de las gafas de sol. No podía fallar.
¡Qué aire que hacía! Racheado y de lado y, como suele pasar en estos casos, no me pilló a favor en casi ningún momento y, las pocas veces que lo hizo, fue en trayectos con curvas y como daba de lado, tenía que frenar para no irme a plantar arroz a algún bancal.  La primera vuelta la hice bien y la segunda…cada vez que soplaba el viento en contra sentía como una espada se me clavaba en el costado y como Eolo la dejaba correr dentro de mí mientras me desagarraba las entrañas. Nada que no se pudiera solucionar con un par de barritas, un par de tragos de bebida isotónica y un par de pe…daladas. Ya cuando llegó la tercera…sólo quería que llegase el final para bajarme de la bici. Mis piernas, acalambradas, apenas podía espolear los pedales de corcel azabache; el aire, helado como lo sentía, me llevaba a contraerme. Hacía mucho tiempo que no pasaba tanto frío…Como tuve tiempo de sobra, hice la cuenta…Los km que hice en bici el sábado equivalen a lo que suelo entrenar yo (es decir, ir a trabajar) en ¡8 o 9 semanas! Eso sí, descubrí porque los ciclistas ponen en culo en pompa y se agachan para pedalear…¡si es que se va más deprisa! Nunca había probado esa posición porque acaba con dolor de espalda pero, como me “aburría”, me coloqué así y empecé a pedalear. Me acordaba de las palabras que Miguel Ángel, “lo importante es la cadencia, mantenla y el mundo será tuyo”; y de las de Marce, “ajusta la posición de las zapatas después de frenar con la rueda de delante”; de las de Alfonso, “¡tío, estás xxxxx!”…Kilómetro tras kilómetro, revolución a revolución, conseguí avanzar por entre los campos de arroz, hablándoos a todos, esquizofrénico deportivo perdido, mantuve la concentración y, al final, conseguí llegar a boxes. Ya solamente faltaban 20 km de carrera…
Tan pronto como salí de la transición, supe que acabaría. Estaba cansado, roto, descosido, sediento, hambriento, cansado…pero no podía abandonar. Mientras le daba el biberón a Héctor le había prometido que volvería a casa victorioso y pensaba llevar mi promesa hasta el último término. ¡Venga, sólo son 20 km de mierda! Pasito, pasito llegó la tortuga a la meta y yo haría lo mismo. Lentamente, pasó el primer kilómetro y alcé la vista…¡pero qué lejos estaba el kilómetro dos! Me sentí desfallecer. No tenía ni gel ni agua ni barritas…necesita una dosis de azúcar. Aguanta, aguanta…solamente quedan unos metros. Corría por inercia, con la vista nublada…pero lo conseguí. Llegué al km 2, comí unos trozos de plátano, cogí unos sobres de gel y una botella de agua y proseguí mi camino dispuesto a llegar hasta el final. Poco a poco, fui completando la primera vuelta, la segunda, pero en al final de la tercera…empecé a encontrarme como en la vida. Había renacido cual Ave Fénix. Subí el ritmo, ¡sólo quedan 5 km! A por ellos. Me sentía eufórico, lleno de energía, rebosaba vitalidad…Ya solo me quedaban 2 km…¡qué pena! ¡esto se acaba y yo lo quiero seguir disfrutando! Bajé el ritmo, dejé que el viento acariciara mi cuerpo dolorido, empecé a sentir cómo el sudor recorría mi cuerpo desde la raíz de la cabellera hasta donde acaba la espalda…Llegué al último kilómetro…¡y ahora a esprintar!
Estaba roto y no había nadie en la zona de masajes (ni en ningún sitio…llegué de los últimos), así que decidí quedarme a relajarme. Extasiado y relajado, el clímax llegó cuando la masajista me dijo: “La tienes tan jamona que no me cabe con las dos manos”. Sí, sí, os lo prometo. Lo que ocurre es que se refería a mi entremuslo. Vaya…
La verdad es que, hasta el momento, ha sido la carrera más dura en que he participado. Lo pasé mal pero, tengo que confesaros, que cuando estaba entrando en meta pensaba ¡qué lástima que no queden plazas para Elche! A ver si la marató i mitja…aunque lo dudo.
Lo mejor de la carrera, que pude superarme a mí mismo. No os podéis imaginar lo duro que es llevar pegado al culo el coche de Protección Civil y que cada vez que pases por un avituallamiento te pregunten que si estás bien. ¡Coño! ¿Y cómo te crees que estoy?
Lo peor de la carrera…en km 45 del segmento en bici, dos gil…… de la organización (eso encima), que me chillaron, “Eh! Que te pesa el cul, pedaletja més rápid que ens volem anar a casa ja!”. Sin comentarios…
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan satisfecho de mi mismo. Me acordé de todos aquellos que nunca confiaron en mí, de aquellos cuando tras mi operación me dijeron que nunca podría hacer deporte, ¿y sabéis lo mejor? No pensaba escribirlo porque igual queda un poco soberbio (hoy me permitiré la licencia), pero lo mejor es que he conseguido acabarlo con un entrenamiento desastre. Que tiemble el mundo el día que pueda entrenar… :)

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